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El formidable acto cívico del lunes 19 de julio fue, sin duda, algo relevante en muchos años. Reunir a los tres gobiernos regionales de la transición (Argentina, Brasil y Uruguay), todos los ex Presidentes, todos los partidos y al gobierno actual, presidido por un ciudadano que estaba preso aquel 1º de marzo de 1985 en que retornó la democracia, marcó un hito histórico. Y, como es natural, provocó oleadas de reacciones, abrumadoramente favorables. No han faltado, sin embargo, los celos, las mezquindades y los fanatismos que un día nos llevaron, justamente, a la violencia que aquel día se dejó atrás.
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Algunos se han puesto constructivamente celosos y es algo para agradecer. Es el caso de los “se dice” de El País, que elogia a los líderes colorados “que no han perdido los reflejos, haciendo punta con el recuerdo de los 25 años de la recuperación democrática”.
Algo parecido ocurre con la ex Ministro comunista Doña Marina Arismendi, que se lamenta que el Frente Amplio no haya organizado un acto de parecida naturaleza.
Manifestaciones así deben enorgullecer a las autoridades coloradas. Los demás hubieran querido hacerlo y no se dieron cuenta.
También hay quienes, después de que vieron el éxito, hubieran querido estar. Y no estuvieron. Es el caso del desubicado Partido Independiente, que fue invitado, pero se enojó a posteriori porque no se le ofreció la tribuna, cuando no era partido en la época de los hechos evocados. Es más, con mucha más razón debió hablar la Unión Cívica, a cuyos dirigentes se invitó y fueron al acto, pero no se quejaron de no estar en la tribuna, porque son conscientes de que su votación bajo el lema Partido Nacional por el momento les ha debilitado su perfil independiente.
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Hay expresiones, en cambio, preocupantes. La señora Constanza Moreira, por ejemplo, es la expresión retrógrada de una izquierda leninista (¿maoísta?) que sigue creyendo que la violencia política estuvo justificada en el Uruguay de los 60, cuando hasta el Che Guevara se oponía. Parte de la base de que en la dictadura la guerrilla uruguaya no tuvo nada que ver, los militares salieron de los cuarteles porque sí y no por una decisión parlamentaria que declaró el “estado de guerra interno”. Es realmente algo insólito. Ignorar los hechos hasta ese extremo, realmente alarma.
Lo mismo ocurre cuando habla de 1985. Aparentemente, ella no tiene nada para festejar. Retornar al ejercicio pleno de los derechos humanos, al funcionamiento normal de los tres poderes del gobierno y al Estado de Derecho, no es para celebrar. Si no se condenaba a los militares, todo lo demás no valdría ni vale nada. O se va al “juicio y castigo” o nada. Disparate lógico, disparate moral y tontería política. Allí está la América de hoy para demostrarle su error. En el Uruguay hoy está presidiendo Mujica, ¿y cómo podría ocurrir tamaña cosa si no fuera porque la transición no generó exclusiones? En Brasil, donde la amnistía militar fue total y absoluta, y así se ha aplicado, gobierna Lula —con el aplauso arrobado de la izquierda latinoamericana— y allí nadie toca un militar, y cuando se ha intentado, el Presidente ha parado todo en forma drástica. ¿No hay nada que festejar, entonces, de la inauguración de aquel gobierno de libertades que encabezó Sarney en 1985 y se continuó hasta hoy, en un proceso sin retrocesos en la reconstrucción democrática?
A la Sra. Moreira no le gusta el Pacto del Club Naval. Está en su derecho, pero le gustó a todo el Frente Amplio de la época, que estuvo allí representado por figuras tan ilustres como el Dr. Cardoso y el Cr. Young, respaldadas por el General Seregni, que había ido a dar a la cárcel cuando la profesora estaría recién terminando la escuela. Y el Frente Amplio, junto al Partido Colorado y la Unión Cívica que lideraba el Dr. Chiarino, llevaron el país a una elección que dejó atrás para siempre la dictadura militar. En aquel momento se tomaron muchas decisiones que pudieron ser discutibles. Hoy nadie puede cuestionar que aquel “cambio en paz” fue en paz y también fue cambio.
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Hay otras voces. Algunas deleznables, provenientes de excrecencias de la vida política, que siguen queriendo vincular a “escuadrones de la muerte” con dirigentes colorados, cuando los mayores que el país sufrió fueron los que organizaron, justamente, los tupamaros de la época para tirar abajo una democracia que deseaba sustituir por un régimen a la cubana. O de algún tupamaro no reciclado que quiere mantener el país dividido y, después de matar gente, se cree con autoridad moral para juzgar al resto y proclamar condenaciones morales.
En todo caso, son la gente que menos importa, aunque es necesario consignar que existen, porque se debe saber que hay gente que actúa en la vida cívica y que no es democrática, que no reconoce la convivencia, que no respeta el Estado de Derecho y que, como es natural, no puede entender a los dirigentes de los partidos demócratas y, menos aún, a la conducción frentista que asiste a actos como el que comentamos.
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Pasados los días, se sigue hablando del acto del Partido Colorado. Partido que lo organizó porque se siente principal responsable y conductor de aquel proceso que, desde 1980 hasta 1989, realizó en el Uruguay una transición impecable. Y marcamos de nuevo el período porque también hay quienes no han entendido que la celebración se concentró, como es lógico, en la transición, o sea los años de la salida, bajo la dictadura, y el primer gobierno democrático, hasta el traspaso del poder. Eso fue lo que se conmemoró, el inicio de un período de 25 años de ejemplar democracia. Lo importante es que el Partido Colorado así lo pensó y todos los que tenían que entenderlo así lo entendieron y colaboraron. Lo que le ha hecho un gran bien al país.
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